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lunes, 23 de enero de 2017

Una experiencia personal.

Hace tres años se me planteó la oportunidad de ir a ayudar como monitora en el taller municipal de música de mi pueblo, Suances. Al principio estaba algo asustada y nerviosa: iba a ir tres horas a la semana, dos los lunes y una los miércoles, para dar clase a niños de entre los 3 y los 6 años.
El primer día llegué al taller sin saber qué me iba a encontrar, cómo iban a ser las clases, ni mucho menos cómo iba a enseñar música a unos niños tan pequeños. Empezamos haciendo lo típico, cantar canciones sobre las figuras músicales, aprender los nombres de las notas, e incluso, algún día, cogíamos los teclados y les enseñábamos pequeñas melodías de dos o tres notas.
Toda mi timidez y vergüenza fueron desapareciendo a medida que iban pasando las semanas, y fui cogiendo confianza y mucho cariño a esos peques a los que ahora considero "mis niños" (aunque a alguno le costó bastante quitar la manía que me tenía al principio). Sentía tanta satisfacción al ver cómo aprendían y lo bien que se lo pasaban en las clases, que lo disfrutaba casi más yo que ellos.
Era algo liberador para mi, y cogía con muchas más ganas la semana sabiendo que, por la tarde, me iba a volver a encontrar con los niños e iba a poner mi granito de arena para que, desde bien pequeños, amaran la música como lo hago yo.
Desgraciadamente, por culpa de los estudios en el instituto, tuve que dejar de ir al taller cuando empecé 1o de bachiller, pero de vez en cuando me pasaba a saludar a los peques, y sentía mucha nostalgia cuando me decían que me echaban de menos y querían que volviese a darles clase.
Me siento muy orgullosa de estos pequeñajos, a los que ahora saludo por los pasillos del conservatorio y, siempre que me ven, corren a darme un abrazo y a decirme cómo les van las clases y cuánto les gusta su nuevo instrumento, aunque alguno todavía reconoce echar de menos las tardes en el taller y las chuches del final de las clase.
Trabajar como monitora con niños tan pequeños me ha ayudado mucho a superar algunos de mis mayores problemas, como la timidez y el miedo a expresarme en público. Nada de esto hubiera sido posible sin la ayuda de Monti, la profesora de música del taller que, aunque es probable que nunca llegue a leer esto, quería dar las gracias por apostar por mi desde el principio.

1 comentario:

  1. Cristina, anímate y enséñale esto que has escrito a Monti... le va a encantar.

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